Acababan de arriar el majestuoso Paso de misterio de la Sagrada Cena y aposentarse en su Casa Hermandad. Era la última arriá y, casi escondido, miraba salir de debajo de las trabajaderas a sus costaleros, la nuca morada, el cuerpo sudado, el corazón henchido. (En lo material 1.800 kilos para 45 costaleros para cerca de 7 horas, con relevos). También salió él, con el talante de siempre. Nunca pregunto “¿Cómo estás?” pues es una obviedad de mal gusto. ¿Cómo van a estar?, jodidos, aunque satisfechos pues la estación de penitencia al Sagrario de San José volvió a ser una dignísima procesión en la que quien se lució, desde arriba, fue Jesús del Amor. La vez pasada nos dijo a modo de despedida: “Ea, hasta el año que viene”, ignorante que, eso, será si Dios quiere. Es un buen costalero, pero poco o nada de parroquia, solo pisaba San José los Domingos de Ramos y porque no tenía otro remedio, pero en el costal cumplía como el que más y bien. Le pregunté: ¿Oye, por qué haces esto? Contestó: “Por una promesa, Rafa”. Por una promesa. ¡Toma tratado de Teología!, ¡Arrea que lección de Fe! como para que sea tan atrevido de juzgar por adelantado.
Es lo que tiene la religiosidad popular, que te abre los ojos a golpes de hechos, no de palabras. Quien hace estas cosas cree, aunque no lo sepa, en la resurrección de la carne y en la vida eterna. El problema de los buenecitos es pensar (sin querer, eh) que somos un poquito mejores que los demás porque vamos mucho a la iglesia, pero cada día estoy más convencido de que el buen Dios no me preguntará al final cuantas veces fui a Misa ni cuántos rosarios recé (muchos, la verdad), si acaso si después de caer me confesé. Dios ignorará si esos rituales los hice por rutina, si en vez de oraciones salían golpeteos de latas; no me va a juzgar por la cantidad de triduos, retiros o prácticas religiosas, me va a preguntar por la calidad de mi amor y mis obras. A quien amé, a quién no amé, de quien miré a otro lado, con que cariño afronté la trabajadera de la vida, acompañando el dolor y el sufrimiento de los de al lado. Y si lo hice libremente, porque Dios quiere corazones libres (aunque yo a veces maldiga mi libertad), libres para seguirle a Él. Todo eso y más me dio de sí la promesa.
Al final, va y me dice: “Por cierto Rafa, este año me vas a ver más por aquí”. Me salió del alma: Dime que es una promesa.
14 de abril de 2026 (artículo de opinión en «La Portada de Extremadura»)

